Si alguien me pregunta por qué escribo poesía, le respondo sin vacilar que se debe a una necesidad interior del ser humano. Es decir, si no se escribe, se siente y se expresa de alguna manera. No todo mundo quiere o puede traducir en versos lo que siente, pero tiene la necesidad de expresar poética o artísticamente la belleza que capta sensorialmente al contacto con la naturaleza o en la relación con sus congéneres, como en el caso del amor, la alegría, la tristeza, etc. El ser humano también experimenta estados emocionales o catárticos cuando se pregunta por la razón de vivir, su condición humana, o su destino metafísico. Muchas personas escriben o escuchan poemas, otras se deleitan con la música o la pintura, pero por lo general, el ser humano alcanza la dimensión estética, casi sin proponérselo.
En el caso concreto del quehacer poético, tal como lo conocemos tradicionalmente, se trata de un ejercicio de escritura, mayormente en forma versificada, que se realiza prácticamente a propósito, en respuesta a un estado anímico determinado. A veces se realiza aleatoriamente desde la niñez, pero normalmente se desarrolla a partir de la edad madura. Obviamente, no todo mundo experimenta la propensión a escribir poemas, pero eso no significa que no pueda hacerlo en un momento determinado. Naturalmente, escribir poesía per se, como oficio habitual, establecido, es una condición vital, individual, que suele identificar a una persona como poeta.
En lo que a mí respecta, he venido escribiendo poesía desde hace mucho tiempo, lastimosamente en forma desordenada, razón por la cual he perdido mucho material. Nunca consideré el ejercicio poético como parte de mi profesión docente, sino como algo colateral, ocasional, pero indispensable. Fue durante mi jubilación cuando empecé a reunir y editar el material. Retomando la pregunta de arriba, ¿por qué escribo poesía?, tengo que contestar de la misma manera: por una necesidad, por un llamado interior. Un proceso discontinuo, interrumpido, pero imparable. La inspiración no siempre coincidía con la ocasión; sin embargo, el proceso de escritura continuaba de alguna manera. Había (todavía hay) momentos de inspiración a media noche o a la madrugada y tenía que levantarme a escribir el poema, porque no podía dormir.
¿Cuáles y cómo son esos momentos de inspiración?. En mi caso, al menos, son más de naturaleza espontánea que intencional. La espontaneidad favorece el verso libre; la intencionalidad, o sea el planeamiento, la “obra de carpintería”, genera el verso rimado, /esencial, por ejemplo, en la construcción del soneto). Por eso el poeta colombiano Guillermo Valencia escribía, “Sacrificar un mundo para pulir un verso”. Esta técnica parece haber dado paso al verso libre, en la poesía moderna. Por mi parte, cultivo ambas técnicas.